Cristal:
Le pedí que fuéramos con el médico. Si iba a escuchar un dictamen triste y fatalista, quería tener a alguien a mi lado para que no me dejara caer en esos momentos.
Salimos durante la mañana, dejando a la bebé bajo el cuidado de Yos... así que si Gustav quería estar con ella, tendría que pasar a la casa y quedarse ahí, con ella, haciéndola de niñero.
No dijimos a dónde íbamos, a pesar de las insistencias de mi hermana y de Abii. Nadie sabía a dónde íbamos exactamente... y es una suerte que nadie fuera de ellas preguntara. Seguramente se imaginaban o tenían una ligera idea de lo que íbamos a hacer.
Al llegar, el médico ya nos esperaba con mi expediente en la mano. Nos sentamos en medio de un silencio incómodo, observando cómo su semblante se endurecía cada vez más al pasar las hojas.
-¿Qué pasa, doc?- preguntó Bill tomando fuertemente mi mano.
-Hay malas noticias, Bill.
-¿Qué es?
-Bueno... los estudios que le hemos realizados no mienten y a juzgar por el trabajo de parto...
-Estoy mal, ¿verdad?- pregunté temerosa, con la vista baja. -Vamos, puede decirlo. Después de todo... yo ya lo sé. Lo siento.- Bill apretó un poco más mi mano.
-No te mentiré, Cristal: el parto te debilitó mucho más de lo que ya estabas. A este paso...
-¿Cuánto tiempo me dan?
-Un mes.- esas simples dos palabras apuñalaron el alma de ambos. Lo sé porque sentí que mi corazón se detenía dentro de mi pecho y la mano de Bill se enfriaba de golpe.
-¿No hay nada que...?
-Lo siento, Bill.
Las lágrimas brotaron de mis ojos de repente. Retiré la mano de la de él y las limpié con el dorso de la mano. -Bill, vámonos.
-Cristal, lo lamento.
-No lamente nada, doc. Nada pasa aquí.- levanté la mirada, tratando de dibujar una sonrisa. -Bill... amor, vámonos. Yosy y las chicas deben desesperarse por no vernos llegar.- le tomé de la mano y lo llevé hasta el auto sin dejarle decir nada.
Ya en el camino de regreso, se detuvo unos metros antes de llegar a casa. -¿Te sientes bien, cielo?
-Yo... sí.- trataba de no verlo a los ojos, porque sabía que de hacerlo, terminaría llorando... y no quería seguir haciéndolo.
-Sé que estás mal, amor... pero... no sé qué tanto.
-No pasa nada, Bill. Estoy bien... amor.- la última palabra la dije casi susurrando. Mi voz estaba quebrándose, peor no quería contagiarle mi tristeza.
-Yo también estoy mal, Cris. Pero... pero sé que podremos vivir de la mejor manera... con suerte, las cosas mejorarán y...
-No, Bill. Las cosas no van a mejorar.- volteé a verlo: estaba pálido y nervioso. -Mi tiempo se acaba... pero... pero en serio: no pasa nada. Sabré arreglármelas para poder estar con ustedes y disfrutar a lo máximo éste último mes.- traté de sonreir.
A fuera, la temperatura había bajado algunos grados, haciendo que los vidrios se empañaran. -Lo únco que importa ahora es poder pasar mis últimos días a tu lado, amor. Disfrutar de tí y de nuestra pequeña bebé.- lancé la vista una vez más por la ventana, trazando un corazón en el cristal. -De todos modos, no importa que algo tan gave como la muerte nos separe, Bill. ¿Sabes por qué? Porque te amo... y eso nada lo va a poder cambiar. El amor no muere nunca, cielo: se mantiene a través del tiempo; sobreviviendo a las líneas de la historia...

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