miércoles, 24 de agosto de 2011

Recuerdos

Bill:

Durante el funeral no solté a mi pequeña angelito... y, aunque veía el cuerpo de la que había sido mi vida... ni una lágrima cayó por mis mejillas. Ni un sentimiento de tristeza ni desesperanza... nada. Sólo un vacío en el pecho... pero eso era normal: el lugar que había estado ocupando mi corazón estaba vacío, porque a ella se lo había obsequiado y se lo había llevado a la tumba.

Dejé a los chicos a media ceremonia, sin decir nada.

Si no podía demostrar lo destrozado que debería estar, no valía la pena quedarme.

Llevé a nuestra bebé conmigo y, ya en casa, paseé la mirada or las paredes, viendo las pocas fotografías que teníamos de Cristal... de la chica de mis sueños.


Ángel alargó su manita hasta tocar mi rostro. Le ví sin dibujar ningún gesto, hasta que balbuceó y clavó su dulce mirada en mis ojos. -¿Qué pasa, pequeña? ¿Extrañas a tu mamá?- como respuesta movió su mano, como si señalara una fotografía tomada a los pocos días que ella nació, donde los tres nos veíamos tan felices... -Sí... la extrañaremos demasiado, ¿verdad?- seguía viendo la fotografía. -Ya no la veremos, pero... siempre estará con nosotros, ¿no, cielo?

"Siempre."

Me parecia escuchar su voz a mis espaldas.

Me giré, sólo para descubrir que estábamos solos. -¿Lo ves, nena? Tu papá no llora, pero ya empieza a enloquecer.- Ángel rió, fijando la vista en uno de los muros, como si viera a alguien. -¿Qué ves, nena?- nada. Aunque no había nada, ella seguía riendo.

-Bien, vamos, ya empieza a anochecer... supongo que tienes sueño ¿verdad?- subí las escaleras, dejándola en su cuna, a un lado de mi cama... la que fuera nuestra cama.

Maldición. Extrañaba a Cristal... demasiado. Y yo sin poder llorarle.

Me recosté, clavando la vista en el techo. Recordando los momentos que vivimos juntos.



Los días pasaron: Yos llegó en cuanto pudo, dándome el pésame y haciéndose cargo de Ángel y de Cami, para mudarse a unas casas después y así, poder estar al tanto de nosotros.

Abii y su padre llegaron una semana después de ella. La pequeña monstruo de mi hermano estaba destrozada por la noticia... y no paraba de llorar en sus brazos.

Yo las veía: tan tristes sin ella... era extraño verlas.

Yo no pude sonreír en mucho tiempo... y las sonrisas para las entrevistas eran falsas.... tan falsas que hasta las fans lo notaban con demasiada facilidad.

David y los chicos trataron de hablar conmigo y hacerme salir de mi eterna melancolía, pero no  lograron nada.

Parecía que sólo estando con mi pequeña, que era lo único que me quedaba de mi adorada Cristal, me sacaba un poco de eso.

Ella, nuestra pequeña angelito, tomaba la apariencia de su madre con el pasar del tiempo: hermosa y sonriente siempre...



sábado, 13 de agosto de 2011

"Adiós"

Bill:

Las cosas jamás puedes ir como quisieras. La vida es tan injusta, que te arrebata la poca felicidad que tenías en los momentos menos esperados. Yo lo sabía, pero... no quería aceptar que esa regla se aplicaba también a mí.

Después de haberle llevado las rosas... ya no le quedaban fuerzas para levantarse siquiera. Sus energías se habían acabado en un día... y me era tan triste verla así: abatida y derrotada.

No dijimos nada más. Nos acomodamos uno junto al otro y en todo el día, ninguno salió de la habitación.

Varias veces tocaron a la puerta, pero supe alejarlos diciéndoles que todo estaba bien... como me hubiese gustado que fuera verdad.

Incluso en esos momentos no teníamos a nuestra bebé cerca. Sólo éramos ella y yo. La que se había convertido en mi mundo... y yo: un tonto enamorado que se moriría sin ella.

-Cielo...- su voz apenas se oia. -... antes de que me... vaya...- sus palabras me erizaron la piel. -...tienes que prometerme algo.
-Lo... lo que sea, amor.- mi voz se quebraba... no quería hablar, sólo admirarla, pero... tenía que hablarle, para saber que seguía conmigo.
-Tienes que cuidar muy bien de nuestro angelito.- la ví: sonreía. A pesar del dolor y de que la vida se le escapaba, sonreia y estaba... tranquila. Cuánta fortaleza tenía... y yo, muriéndome por dentro junto con ella. -Y... Bill: no te quedes solo.
-No lo estaré. Tengo a mi hermano y a mi bebé.. ¿no?
-No me refiero a eso. Tendrás que buscar a alguien más.
-No. ¿Reemplazarte? Jamás.
-No puedes cuidar tú solo a nuestro angelito.- no dije nada. -Alguien entrará a tu vida... y serás feliz, como antes.
-No...
-Yo la eligiré con cuidado, tranquilo. No quiero que te quedes solo... no así.- hubo unos minutos de silencio. -Y, Bill... cuida de mi hermana.- Una lágrima resbaló por mi mejilla.
-Lo juro.- besé su cabeza.

Ya no hubo palabras de por medio; sólo silencio.

Nos quedamos dormidos, sin atender a nadie, yo aferrado al cuerpo de Cristal, como si así pudiera evitar el inminente final.


Al despertar en al mañana y sentir el frío de su cuerpo, le ví al rostro, admirando sus facciones y apreciar la sonrisa con la que había partido.

Estaba muerta, sí. Mi amada Cristal... la chica de mis sueños había fallecido en mis brazos, en completa calma.

¿Qué más podía decir? Habíamos tenido lo que muchas parejas no tienen: disfrutamos hasta los últimos momentos juntos.

-¿Bill?- La voz de Cami me obligó a abrir la boca. -Ángel quiere ver a su mamá. ¿Está despierta?
-¿Podrías llamar a Tom, por favor?- le pedí desde la cama, sin moverme.
-Está dormido todavía.
-Despiértalo.
-Se enfadará conmigo...
-Vamos, Cami, por favor... despiértalo. Dile que... lo necesito.
-¿Qué pasa?
-Sólo... sólo tráelo.

Se fue, regresando en seguida con mi hermano, que se escuchaba fastidiado, preguntándole por qué lo necesitaba.

-Pasen.- dije apagando la voz.

Cami venía con ángel entre los brazos, entrando primero. -Bill...- y clavando los ojos en una Cristal que palidecía cada vez más. -...mi hermana...
-¿Por qué me despiertas tan temprano, Bill? ¿Qué es tan importante como para...?- se quedó callado al verme aferrado al cuerpo de Cristal, triste... y al ver a Cami derramar un par de lágrimas.
-Mi hermana, Bill... no...
-Bill... ¿ella...? ¿ella está...?
-Murió en la madrugada.- le completé a Tom, con voz apagada.

Cami en seguida se echó a llorar en el pecho de mi hermano. Yo por más que queria, ni una lagrima salía de mis ojos.

-Será mejor que llamen a Abii y a Yos.

No dijeron nada. Salieron de ahí, dejándome solo de nuevo. -No puedo llorar... ¿por qué? Quizás soy tan ingrato que... no puedo demostrarte lo que te amé.. y lo que me duele perderte.- dije susurrándole.

Los chicos llegaron en unas horas, junto con los doctores y todo el personal que se encargaría de dictar el certificado de defunción y hacer los preparativos del funeral.

Me duché y estuve presente en toa la ceremonia en silencio, cargando a nuestra bebé, que estaba tranquila, a pesar del llanto de Cami y la tristeza que la rodeaba.

Ni una lágrima... ni un quejido. Nada. ¿Por qué no podía demostrar lo deshecho que estaba por dentro?

Mi mundo se había acabado... mi vida se había ido junto con ella... y no podía demostrarlo.

jueves, 4 de agosto de 2011

Despedidas

Cristal:

Era un día más que la vida me regalaba.

Hacía unas semanas que el plazo dado por el doctor se había cumplido y yo seguía aquí, disfrutando de Bill y de nuestro pequeño angelito.

El tiempo pasaba... y la vida se me esfumaba a cada segundo que pasaba. Ahora lo podía sentir con claridad. Moría en la ignorancia de mi hermana y los que se habían convertido en mi familia.

-buen día, preciosa.- Bill había entrado a la habitación con un enorme y hermoso ramo de rosas rojas, mis favoritas. Entró con una sonrisa en los labios a despertarme. Me estiré perezosamente en la cama, correspondiéndole el gesto y desviando en seguida la mirada a la cuna de Ángel. -Está con Cami.-me dijo besándome. -Estaba inquieta y Cami vino para que no te despertara.
-Despertar con la risita de mi bebé sería un dulce despertar.
-¿Tanto como éste?- preguntó besándome de nuevo.
-Supongo que no tan dulce como éste... pero sería lindo de todos modos.- sonreí. -¿Y eso?- señalé las flores.
En seguida me las mostró. -Son para tí, amor. ¿Te gustan?
-Sabes que son mis favoritas.- intenté ponerme de pie mientras le sonreía, pero mis fuerzas no me daban para eso.

Bill lo notó de inmediato. Dejó las rosas a un lado y pasó sus manos por mi espalda, colocándose a un lado de mí. -¿Te sientes mal, cielo? ¿Quieres que llame al doctor?
-No, no, Bill. Estoy bien.-sonreí falsamente. Él se dió cuenta de inmediato, pero no dijo nada.

Nos recostamos en el lecho, abrazándonos fuertemente.

De pronto, giré a ver las flores: tan hermosas y... alegres. Eran lindas, sí, pero de pronto ese brillo de alegría que reflejaban sus pétalos se convirtieron en tristeza para mí, recordándome que me quedaba poco tiempo a su lado.
-Rosas rojas...- dije bajo.
-¿Qué?
-Rosas rojas...- repetí más alto, sumergiéndome en una ola de melancolía. -...no quiero rosas rojas en mi funeral.
-Creí que eran tus favoritas.- incluso la voz de Bill se ensombreció.
-Quiero que todas sean blancas.
-Blancas serán entonces. Aunque...- me abrazó aún más fuerte a él. -...aún no hay que pensar en eso.
-¿Por qué no?
-Quiero imaginarme que todavía nos queda mucho tiempo juntos.
Suspiré. -Sabes que eso no es cierto, amor.
-Déjame con mi ilusión, nena.- coloqué mis manos sobre las de él.
-Todas blancas... menos una.
-La de tu hermana.- afirmó, melancólico. -¿Quieres que sea azul o...?
-Quiero que la tuya sea la única diferente.- giré a verlo. -Quiero que la tuya sea roja.- Sus ojos se rasgaron. Ambos cuerpos se erizaron al imaginar la escena... ¿Por qué tenían que ser las cosas así? -Sólo la tuya... la única rosa diferente, ¿si?

Pasó su mano por mi rostro. -Lo que quieras, preciosa.- logramos aguantar el llanto.
-Gracias, cielo.- nos besamos.

No fue un beso dulce, como los de antes. Éste fue más amargo, pues ambos sabíamos que no nos quedaba mucho tiempo juntos... que nuestra vida estaba a punto de terminar.