Cristal:
Era un día más que la vida me regalaba.
Hacía unas semanas que el plazo dado por el doctor se había cumplido y yo seguía aquí, disfrutando de Bill y de nuestro pequeño angelito.
El tiempo pasaba... y la vida se me esfumaba a cada segundo que pasaba. Ahora lo podía sentir con claridad. Moría en la ignorancia de mi hermana y los que se habían convertido en mi familia.
-buen día, preciosa.- Bill había entrado a la habitación con un enorme y hermoso ramo de rosas rojas, mis favoritas. Entró con una sonrisa en los labios a despertarme. Me estiré perezosamente en la cama, correspondiéndole el gesto y desviando en seguida la mirada a la cuna de Ángel. -Está con Cami.-me dijo besándome. -Estaba inquieta y Cami vino para que no te despertara.
-Despertar con la risita de mi bebé sería un dulce despertar.
-¿Tanto como éste?- preguntó besándome de nuevo.
-Supongo que no tan dulce como éste... pero sería lindo de todos modos.- sonreí. -¿Y eso?- señalé las flores.
En seguida me las mostró. -Son para tí, amor. ¿Te gustan?
-Sabes que son mis favoritas.- intenté ponerme de pie mientras le sonreía, pero mis fuerzas no me daban para eso.
Bill lo notó de inmediato. Dejó las rosas a un lado y pasó sus manos por mi espalda, colocándose a un lado de mí. -¿Te sientes mal, cielo? ¿Quieres que llame al doctor?
-No, no, Bill. Estoy bien.-sonreí falsamente. Él se dió cuenta de inmediato, pero no dijo nada.
Nos recostamos en el lecho, abrazándonos fuertemente.
De pronto, giré a ver las flores: tan hermosas y... alegres. Eran lindas, sí, pero de pronto ese brillo de alegría que reflejaban sus pétalos se convirtieron en tristeza para mí, recordándome que me quedaba poco tiempo a su lado.
-Rosas rojas...- dije bajo.
-¿Qué?
-Rosas rojas...- repetí más alto, sumergiéndome en una ola de melancolía. -...no quiero rosas rojas en mi funeral.
-Creí que eran tus favoritas.- incluso la voz de Bill se ensombreció.
-Quiero que todas sean blancas.
-Blancas serán entonces. Aunque...- me abrazó aún más fuerte a él. -...aún no hay que pensar en eso.
-¿Por qué no?
-Quiero imaginarme que todavía nos queda mucho tiempo juntos.
Suspiré. -Sabes que eso no es cierto, amor.
-Déjame con mi ilusión, nena.- coloqué mis manos sobre las de él.
-Todas blancas... menos una.
-La de tu hermana.- afirmó, melancólico. -¿Quieres que sea azul o...?
-Quiero que la tuya sea la única diferente.- giré a verlo. -Quiero que la tuya sea roja.- Sus ojos se rasgaron. Ambos cuerpos se erizaron al imaginar la escena... ¿Por qué tenían que ser las cosas así? -Sólo la tuya... la única rosa diferente, ¿si?
Pasó su mano por mi rostro. -Lo que quieras, preciosa.- logramos aguantar el llanto.
-Gracias, cielo.- nos besamos.
No fue un beso dulce, como los de antes. Éste fue más amargo, pues ambos sabíamos que no nos quedaba mucho tiempo juntos... que nuestra vida estaba a punto de terminar.

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